La sutil traición

Se puede traicionar con un beso como lo hizo Judas con Jesús, según el relato judeocristiano; se puede traicionar clavando un acerado puñal entre el tumulto de asesinos como lo hizo Marco Junio Bruto contra Julio César que era su mentor, como lo cuenta Suetonio; se puede traicionar con 31 balazos por la espalda como lo hicieron los propios guardaespaldas Sijs a su protegida Indira Gandhi; se puede traicionar a uno mismo como lo hizo Porfirio Díaz a su lema de luchar contra la reelección, volviéndose el sanguinario dictador durante 30 años.

Dante, en su viaje por el infierno teniendo como guía a Virgilio, vio que el peor castigo que ahí se infligía era a los traidores… a los que gozando de la plena confianza de sus víctimas, traman su daño y la muerte sin escrúpulo alguno despeñándose en su bajeza hasta el noveno círculo del averno.

Por otro lado la lealtad se construye ante la adversidad y la penosa cima de los propios cambios de ánimo del amigo o familiar al que se le debe ese profundo sentimiento, es el ascenso imperturbable de quien conociéndose a sí mismo no vacila en cumplir la proterva sentencia y sin temblar la mano, siendo leal a si mismo y a su país, bebe la copa de mortal cicuta; se puede ser caballero grandilocuente como Don Quijote al mostrar lealtad y fidelidad para su sin par Dulcinea; más acá, se puede ser leal a la patria hasta la muerte, como los Cadetes en el Castillo de Chapultepec ante un superior ejército gringo que los masacró a cañonazos.

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La muerte de Julio César
Julio César, al ver a Bruto que da la señal de atacarlo, se apresta a cubrirse el rostro con la túnica antes de morir. Óleo por F. H. Fuger.
Foto: ART ARCHIVE

Es cierto, mientras los actos de lealtad se cuentan con los dedos, los de traición han perdido la forma de contarse. Esa conducta antiética tiene como fondo la construcción de un ser egoísta, superindividualizado que se ha separado del entramado social humanista y que su mayor vicio es no ser leal a nadie en la medida en la cual él acrecienta su egoísmo y acumula bienes en contra del bienestar de los demás.

La problemas que viven buena parte del mundo y particularmente el país, son sin duda una crisis civilizatoria que se manifiesta en lo axiológico, en lo económico, en lo político, en lo social y en lo ecológico teniendo como elemento generador el predominio del capitalismo neoliberal. Ha habido otras crisis de civilizaciones, como la conquista de América por los europeos cuyos resultados dieron un avance en la construcción de nuevas expresiones culturales; pero esta crisis civilizatoria expone a la humanidad a su extinción.

El egoísta es corrupto en esencia pues desprecia la ley del bien común, vive en la comunidad medrando de ella, utiliza el uso de las normas para beneficio propio y su lengua cargada de retórica y demagogia expele un discurso de confusión.

Se sabe que Lealtad es un concepto que proviene del latín Legalis cuyo significado es Respeto a la Ley, y que esta, si es buena y positiva tiene como misión regular las relaciones entre hombres y mujeres para garantizar la justicia; así, quien es desleal, traiciona leyes inveteradas de justicia y por lo tanto también es un corrupto.

En el ruido nacional, en ese discurso de la postverdad, izquierdas y derechas se han enroscado, o más bien sus líderes venales y egoístas, para repartirse cargos a despecho de la legítima representación de los ciudadanos: el fraude, en sus mil variantes, arrebata la voluntad política y lo que debería convertirse en una plena república democrática, humanista y social se ha vuelto una cacocracia. El Estado que en esencia es el resultado de un gran Contrato Social, se transforma en el instrumento de opresión de una clase política sobre otras, vamos en un contrato leonino donde las clases subalternas son sobreexplotadas para beneficio de los políticos y plutócratas, vía los bajos salarios o el pago de mayores impuestos.

En ese tenor de lealtades y traiciones, no se le puede reprochar a la Derecha su visión elitista, conservadora y elitista del mundo pues es leal con su ideario político, de Estado mínimo y de “rásquense con sus propias uñas”; la gran traición y nada sutil es la de los dirigentes de izquierda que han traicionado a sus militantes, a los ciudadanos de izquierda, a su propia ideología (si es que la tenían) y han vendido a la derecha los principios de justicia social que desde la Revolución Francesa se han impulsado en contra de todo régimen autocrático, dictatorial y clasista y lo peor: se han sumado, en el fanatismo de los conversos, a destruir toda identidad de izquierda, todo liderazgo de izquierda, toda referencia a la construcción de un Estado Social y Democrático de Derecho; obviamente, en contra de MORENA y su candidato a la presidencia de la República.

¿Qué gana el pueblo en esa retorcida unión de izquierdas y derechas? ¿Qué se ganaría con más años de gobierno de la derecha panista o priista que han malgobernado estos 17 años? ¡Nada! Más oprobio e iniquidad… sin embargo, ellos, los que han traicionado sus ideales, recibirán como pago las clásicas monedas de plata en la forma de cargos y curules, aunque no conozcan de leyes y lloren como Porfirio Díaz en la “terrible picota de la tribuna” por tartamudear, por cantinflear en la exposición de ideas, cuando por primera vez fue diputado y su ignorancia era supina.

Por ello, necesitamos un cambio civilizatorio con el cual enterrar la era de este capitalismo neoliberal, de estos Estados fallidos y de estas repúblicas de Cacos: necesitamos ser leales con la justicia, la democracia política y social; con la igualdad sustantiva para las mujeres. Construir un modelo sustentable, sostenible que evite la desaparición de la humanidad y garantice sistemas de gobernanza democrática, donde la representación popular sea efectiva y eficiente. Tenemos, sin duda, que impulsar que la izquierda gane y gane para bien de todos… los traidores siempre tendrán un árbol en su conciencia donde colgar sus actos de deslealtad.

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