Leylak y el sueño de Anwar

En la ciudad de Dabhab, en la esquina de la gran Arabia, mirando hacia el oeste y las azules aguas del Mar Rojo, el príncipe Anwar, embelesado por la luz de los espejos, mandó construir una gran alcoba revestida de los más perfectos cristales en la parte oriente de su palacio.En su centro, redonda, hizo poner una mullida cama de las más finas plumas de avestruz, la cual, cubierta de linos color turquesa y oro y sedas orientales, de púrpura teñidas, la hacían resaltar en las infinitas paredes del azogado material.

De noche, hacía llevar a la servidumbre, los más exquisitos vinos que llegaban del norte a su ciudad, al igual que rojas manzanas, suculentos higos, almibarados dátiles y toda fruta que llenara al paladar con sus sabores y perfumados aromas.

Todo se disponían en mesas de oloroso sándalo sobre vajillas de oro y plata.

Nadie de la servidumbre supo jamás lo que dentro pasaba tras las horas de la noche. Pero si dieron cuenta de la regularidad con la que el príncipe se metía en la alcoba de los espejos aparentes.

Cada plenilunio, cuando el desierto está iluminado por la fría y potente luz de la luna, Anwar, se encerraba y pasaba la noche en su interior, iluminado por otro artificioso juego de espejos que guiaban esa luz y la repetían en un extraordinario juego de refulgentes perlas.

Delphin Enjolras (French painter , 1857-1945) - La grande odalisque

Unos años antes de que el príncipe decidiera crear la alcoba, había viajado a la Meca para cumplir la promesa de fe que todo musulmán tiene que hacer, por lo menos una vez en su vida, para visitar los lugares sagrados donde vivió el Profeta.

En la gran ciudad, en una de las posadas donde paró a saciar su hambre, los glaucos ojos de Leylak, lo subyugaron sobremanera. Eran el vasto mar que de niño en su ciudad, desde las almenas, aprendiera a mirar tomado de la mano de su padre, mientras le decía al oído: -Anwar, la muralla más grande de este reino, son las arenas del desierto y las inmensas olas de mar- él no decía nada. Había visto perder en lontananza, la nave del padre que marchaba a la guerra o la caravana de innumerables camellos  que lo llevaban a ofrecer las mercancías a los lejanos oasis en el candente desierto.

Leylak, ante su abismal mirada, cubrió más su rostro y apresuró el paso para retirarse de él. No la vio más, y tras cumplir devotamente en su visita, al año regresó a su ciudad para construir la alcoba.

Una noche de plenilunio, sobre el cielo, divisó las estrellas fugaces del invierno, y las vio caer en las oscuras aguas del Mar Rojo. Nunca supo si el portento cósmico le recordó a la doncella o si el vino que bebía le había traído el recuerdo de los ojos. Miró de nuevo el mar y pudo percatarse que era un inmenso espejo que duplicaba a las estrellas y a la luna. Fue ahí, donde su febril cerebro lo hizo concebir la Alcoba de los Espejos Aparente, pero no solamente para ver la magia de las imágenes que se desdoblan, sino… para repetir al infinito el recuerdo de los ojos de Leylak.

Quiso la suerte o la voluntad poderosa de Alá, que la caravana de Otoño, la que traía las mercancías antes de que el invierno enfriara al desierto, viniera entre los mercaderes Leylak y su padre Abdel Alim. Cuando las puertas de la ciudad se abrieron, Anwar, supo que su destino terminaba en las pupilas marinas de ella.

Pronto invitó al padre y a la hija a un regio banquete en su palacio. Las interminables viandas y el vino, hizo que la noche se alargara hasta el amanecer. Al día siguiente, habiendo dado las órdenes precisas de hospedarlos en su palacio, se aseguró que el desayuno se sirviera en los jardines y que ella estuviera al frente de él en la mesa de los invitados.fortuny2

Así se hizo. El padre, Abdel Alim, mercader entrado en años, no pudo disimular el gusto al darse cuenta del amor del príncipe por su hija, y de la cordialidad que les estaba dando desde la llegada a la ciudad. Ella, educada en la más severa cultura de la discreción y del decoro, casi pidió permiso para poder mirar sin turbación la cara del príncipe. Una vez más, o casi la única vez, sus ojos dejaron salir su alma que se posó en el oscuro pozo de los de Anwar.

A lo largo del décimo mes, la cercanía de los amantes hizo imperiosa la necesidad de estar juntos y mirar sin velos la desnudez de sus almas. Vino una boda de fiesta y alegría, donde la Alcoba fue lustrada y se retiró hasta el último grano de arena del gran desierto, jarrones de alabastro fueron decorados con sendos ramos de rojas rosas, jazmines y claveles de colores inimaginables.

La noche llegó con el disco lunar saliendo de las ondulas dunas del oriente, al otro lado su raya de luz dividía en dos el mar; terminada la cena, discretamente Anwar la tomó de la mano y la  condujo al enigmático aposento. Los mechones de las lámparas de aceite jugaban con las sombras, mientras que la luna se aparecía a cada tramo en las ventanas del palacio, llegaron a la recia puerta de cedro de la alcoba.

La mano del príncipe la abrió, dejando salir la luz atrapa por los cristales, al grado que ella cubrió sus ojos para protegerse y ver mejor el interior.

-Ven, amada mía- dijo Anwar quedamente a su oído, mientras la cargaba entre sus brazos: – Este aposento de luz sólo está hecho para tus ojos y para que los míos, bajo la luz de la luna, sean los únicos que puedan mirar tu escondida belleza.

Repuesta de la luz y confortada en los brazos de Anwar, ella, selló sus labios con un cálido beso que detuvo el caminar del príncipe. Era el dulce vino de su boca, con los carnosos labios de un melocotón maduro.

El corazón apresuró su paso y él, suavemente la dejó sobre las sedas carmesíes de la cama. Se retiró hasta quedar a la pared pegado, ella, lentamente, como crecen los lotos en los estanques se paró en sus gráciles pies y comenzó a girar embelesada con las miles de ella que se repetían en los cristales.

Siguió girando sin poderse alcanzar, él, en un gesto discreto, a señas le pidió que descubriera su núbil cuerpo, y ella, alborozada con las imágenes dejó caer, como hojas en otoño el velo que ocultaba la belleza de su rostro. Ahí estaban los ojos, el mar profundo de la infancia de Anwar, ahí la granada roja de su boca, que en un leve gesto, incitaba a probarla con discretas mordidas; luego, el pelo azabache, que en cascadas dibujaba las dunas de sus pechos, se desenrolló del tocado.

El príncipe fue sentándose en el piso, mientras sus ojos giraban en torno de la fugaz figura que giraba en si misma y que veloz se repartía en los espejos. La cara aquí, la cabellera allá, el perfil de su rostro en la diestra, mientras que en el siniestro lado, aparecían los ojos de Leylak.

La grácil mano, con medida, fue abriendo uno a uno los plateados broches del sedoso vestido y cuando el último dejó abierta la sutil tela y enseñó la alabastrina piel, cayó de plano para dejar ver el sueño tormentoso de Anwar.

Los voluptuosos pechos, enhiestos, jugosos, cántaros de miel, que el beduino anhela en el ferviente día, fueron ofrecidos a sus ojos en miles de sofocantes imágenes. El estrecho talle de su cintura, marcado por un ombligo de oasis, se cimbró como palmera al toque del cierzo matutino. Bajó la mirada, como cuando recorría en la lejanía la aparición del balandro del padre, y si no fuera por su deseo alimentado en su sueños y que preveía como una aparición mística, se asombró de las perfectas dunas de las nalgas de su amada. Miró los espejos y se vio atrapado en el infinito desierto de su cadera. Ella giró, giró como las estrellas del firmamento, dejando ver el cuarto creciente de su sexo.

Se paró lentamente, caminó adosado a los espejos dandole vueltas a su amada, a sus amadas, pues no dejaba de verla de mil modos, de mil ángulos; mientras sus ojos veían los redondos pechos y su ansiado sexo, en el espejo de atrás podía perderse en las arenas del tiempo de su espalda y los negros caminos de su abundante cabellera. A su lado derecho, distinguía el perfil  de sus sueños y en el otro, ella misma, en perfecta armonía.

odaliscaesclavoElla paró, se quedó quieta esperando que él tocara se cuerpo; él volvió a recorrer la hexagonal recámara y con su mano fue tocando la imagen congelada de las muchas amadas. Cuando volvió a estar frente a ella y la vio extendiendo sus brazos, él se acercó lentamente, extasiado, sediento como los perdidos en el desierto que al mar llegan a llenarse con la salobre agua, se arrodilló frente a ella y ahí, sin espejo alguno, sin imágenes aparentes sació sus sueños besando el sexo de su amada.

Ella, ahíta de placer, apretando la cabeza de su amado entre las piernas, que la bebía toda, miró los espejos y pudo darse cuenta que miles de hombres bebían en la orilla los orgásmicos líquidos de su sexo.

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